Desde Tierra del Fuego hasta Alaska en Harleys

Los miembros alemanes del H.O.G. y amantes de la aventura Katharina Korda y Peter Diller, acaban de regresar de recorrer al completo la legendaria Carretera Panamericana. Katharina comparte sus experiencias…

Nuestro gran viaje comenzó en Ushuaia, Argentina, la ciudad más austral del mundo. Nuestro destino era Fairbanks, Alaska, cerca del Círculo Polar Ártico.

Tierra del Fuego y Patagonia: viento, inmensidad y naturaleza salvaje

Las carreteras de la Patagonia son infinitas y el paisaje es árido e impresionante. Cientos de guanacos pastaban al borde de la carretera y los ñandúes se cruzaban en nuestro camino. Los fuertes vientos constantes exigían la máxima concentración en la carretera, pero la inmensidad y la soledad de la Patagonia nos recompensaban con una sensación de libertad sin límites.

En Puerto San Julián, nos maravillamos ante una réplica del buque insignia de Magallanes, el “Victoria”. Una tormenta similar a un huracán nos obligó a hacer una pausa, tiempo para el ajedrez, los libros y degustar el vino tinto argentino.

El viaje continuó hacia el mar y Comodoro Rivadavia, donde descubrimos una delicia local: plátano frito con alubias negras, ¡realmente delicioso!

Una vez llegamos a Puerto Madryn, dejamos descansar nuestras Harleys y buscamos algunos recuerdos para compartir con nuestro chapter. Las carreteras mejoraron, el paisaje se volvió más verde y el mar era de un azul intenso.

A través de la Pampa y por los Andes hasta Chile
La Pampa nos esperaba inundada: cerca de Bahía Blanca, todos los campos estaban bajo el agua y solo la carretera estaba medio seca. Luego, el paisaje volvió a cambiar: la agricultura, los campos de maíz, los rebaños de ganado y las flores amarillas dominaban el paisaje. Las carreteras estaban a menudo en mal estado, con muchos baches y grava.

Una vez en Mendoza, nos esperaban los Andes. La ruta por las montañas es espectacular: rocas rojizas, picos nevados y una carretera sinuosa que nos lleva hasta una altitud de 3180 metros. Una mancha de aceite en la carretera hizo que Peter derrapara ligeramente, pero pudo controlar la moto. Seguro que un ángel de la guarda nos acompañaba en la ruta.

El paso de la frontera entre Argentina y Chile transcurrió sin problemas y, por primera vez, los últimos kilómetros hasta Santiago de Chile estuvieron completamente libres de baches. Llevamos nuestras motos al concesionario Harley® para que les hicieran una revisión – la bienvenida fue muy cálida y enseguida nos sentimos como en casa; la familia Harley está presente en todo el mundo. Cuando recogimos nuestras motos, nos encantó ver que no solo las habían revisado, sino que además estaban limpias y relucientes.

A través del desierto de Atacama y a lo largo de la costa del Pacífico hasta Perú y Ecuador
La ruta por el desierto de Atacama es una experiencia única: paisajes infinitos de arena y piedra, montañas azotadas por el viento y pueblos solitarios. En Taltal, a orillas del océano Pacífico, encontramos un hotel con paredes pintadas artísticamente. El océano rugía y los delfines y las focas nos acompañaban mientras tomábamos el café de la mañana…

Continuamos por la carretera Nº1, cruzando paisajes surrealistas, burros cansados y plantas industriales abandonadas. En Mejillones, nos sorprendieron los rascacielos en medio del desierto, un contraste extraño. Celebramos el 66.º cumpleaños de Peter jugando al ajedrez y rememorando historias de Harley.

La ruta por la costa del Pacífico hasta Iquique es espectacular: olas gigantes, acantilados escarpados y encuentros siempre agradables con otros motoristas. Perú nos recibió con caos en las carreteras: un peaje tras otro, innumerables controles policiales, tráfico denso y colas interminables de camiones. Sin embargo, la costa peruana era aún más hermosa por el contraste, con sus campos de cactus y sus impresionantes vistas del océano.

Las condiciones de la carretera suponen un reto tanto para el hombre como para la máquina: traviesas de hormigón, obras y baches ponen a prueba la Sportster, cuyo muelle del caballete lateral tuvo que repararse de forma improvisada con una goma y cinta adhesiva. El mayor reto fue la capital, Lima, con sus 11 millones de habitantes y su caótico tráfico.

En Ecuador, tras un largo trámite fronterizo, llegamos a un entorno mucho más acogedor. Recorrimos interminables plantaciones de plátanos, pasamos por pueblos bien cuidados y nos deleitamos con puestos llenos de maravillosas frutas y verduras. Pero aquí también nos esperan retos: los agentes de policía se inventan “multas” que solo pueden resolverse con habilidad para negociar y dinero en efectivo. Rodeamos la capital, Quito, y cruzamos el ecuador.

De Colombia a Panamá en avión
Tras horas de espera, finalmente conseguimos entrar en Colombia. Las carreteras te llevan a través de coloridos pueblos de artistas, exóticas plantas y gente amable. En Bogotá, a una altitud de 2700 metros, tuvimos que volver a abrirnos paso entre el tráfico intenso y las pésimas condiciones del asfalto.

Nuestras Harleys estaban preparadas para continuar el viaje hacia Panamá, ya que la Panamericana aún tiene un tramo sin cubrir que no puede ser atravesado por vehículos motorizados: el Tapón del Darién. El transporte se convirtió en una odisea burocrática, lo que nos obligó a tomarnos un día de descanso involuntario en la ciudad de Panamá.

La ciudad nos sorprendió con su moderna infraestructura, sus rascacielos y un amable taller Harley. Mientras esperábamos nuestras motos, exploramos la ciudad, jugamos al ajedrez y disfrutamos de las noches caribeñas junto al Pacífico. Cuando las motos estuvieron finalmente listas para partir, la ruta nos llevó a través del famoso Canal de Panamá y bajo lluvias tropicales y un calor sofocante hasta Costa Rica.

A través de Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala.
Costa Rica nos recibió con una naturaleza exuberante, bosques de palmeras y gente amable. Ecuador ya era precioso, pero Costa Rica nos gustó aún más. Las carreteras son en su mayoría buenas, el paisaje es un paraíso y había habitaciones de hotel con todas las comodidades, incluso lavadora y secadora para poder lavar nuestra ropa sudada.

En Nicaragua nos esperaban de nuevo interminables trámites fronterizos, pero las carreteras eran sorprendentemente buenas y el trato con la gente cordial. El viaje por Honduras fue corto pero intenso, caracterizado por policías armados, calor tropical y el cambio constante entre asfalto y baches. En El Salvador pasamos por impresionantes volcanes, mientras que Guatemala nos recibió con un tráfico caótico, cortes de electricidad y guardias de seguridad armados. Pero incluso aquí encontramos hospitalidad y un buen hotel.

México: solo pesos, amabilidad y carreteras en mal estado.
Entrar en México es sorprendentemente sencillo: sin controles largos, sin desinfección, sin tiempos de espera, solo hay que seguir la ruta. Pero las carreteras nos volvieron a poner a prueba… Nos esperaban baches, traviesas de hormigón y obras. Entramos en el país sin cambiar dinero previamente porque estábamos acostumbrados a pagar con dólares. Pero en México no es así: las cabinas de peaje y las gasolineras solo aceptan pesos, sin discusión. Tampoco queríamos molestar a nadie. Especialmente en el sur, nos encontramos con camionetas con personas enmascaradas y armadas en la parte trasera, y las gasolineras están vigiladas por guardias armados. Por otro lado, también encontramos mucha amabilidad: un piloto de enduro nos dió el dinero necesario para pagar el peaje, mientras que un mecánico nos reparó la llanta dañada de mi Sportster con unos mínimos medios.

Texas: de vuelta a la civilización
Después de un largo viaje por América del Sur y Central, finalmente llegamos a la frontera con Estados Unidos. Una sensación de alivio y expectación nos invadió al entrar en Texas tras cruzar la frontera sin problemas. Las carreteras son mejores y más anchas, las habitaciones del hotel son cómodas y, por primera vez en semanas, disfrutamos del lujo de toallas limpias y de un desayuno abundante. Hicimos planes: nuestro gran destino era Alaska, pero allí todavía hace un frío glacial. Así que avanzamos lentamente, haciendo pausas y relajándonos por el camino.

Nuestra ruta nos llevó por South Padre Island, donde disfrutamos del mar, y luego a San Antonio. La ruta hasta allí estuvo marcada por la lluvia tejana, autopistas interminables y nuestro primer encuentro con las autocaravanas americanas, una imagen que nos resultó casi exótica después de las aventuras por las carreteras de Centroamérica. En San Antonio, paseamos por el Riverwalk, bebimos cerveza tejana y disfrutamos del relajado ambiente. La amabilidad de los estadounidenses nos sorprendió una y otra vez: en la gasolinera nos saludaron en alemán y en un restaurante la camarera nos habló maravillas de Rothenburg ob der Tauber.

El Salvaje Oeste: alces, osos y cowboys
Sin embargo, los pequeños problemas no tardaron en aparecer: nuestras Harleys necesitaban una revisión y, en Amarillo, la moto de Peter tuvo que ir al taller por una llanta dañada. Pasamos el tiempo jugando al ajedrez, yendo de compras y vagando por las calles.

La carretera hacia el norte nos llevó a través de praderas infinitas, pasando por pozos de petróleo, rebaños de ganado y pequeños pueblos del oeste. Las montañas se hicieron más altas, el viento más fuerte y el tiempo más cambiante. En Wyoming, nos vimos inmersos en un auténtico ambiente del Lejano Oeste: arquitectura de western, salones y gente con sombreros de vaquero por todas partes. Disfrutamos de la calidez de los lugareños y de la belleza de las montañas cubiertas de nieve.

Nuestro intento de llegar al Parque Nacional de Yellowstone fracasó debido al cierre de las carreteras: demasiada nieve, era aún demasiado pronto. Así que dimos media vuelta, pero no sin antes maravillarnos con una manada de bisontes a poca distancia. El frío aumentaba, nuestros dedos se humedecían, pero la experiencia nos calentaba el corazón, ya que nos encontramos con alces, osos y estadounidenses curiosos que nos dieron la bienvenida en las gasolineras.

Canadá: nuestro destino está cada vez más cerca
En Canadá, la naturaleza salvaje se hizo tangible. Las carreteras se volvieron más accidentadas, las distancias entre las ciudades, mayores. Recorrimos bosques calcinados, observamos lobos y osos pardos al borde de la carretera y experimentamos lo rápido que puede cambiar el tiempo. Se alternaban el sol, la lluvia, la nieve y el granizo. La carretera de Alaska se extendía sin fin a través de la inmensidad, pero cada kilómetro traía nuevas impresiones, desde noches heladas en pequeños moteles hasta cálidos encuentros con otros viajeros.

Finalmente, tras semanas en la carretera, llegamos al legendario cartel de Alaska. Con el corazón latiendo con orgullo y alegría, ¡lo habíamos conseguido! Las últimas millas hasta Fairbanks fueron una procesión triunfal a través de la naturaleza salvaje. Nos encontramos con viejos amigos de Sudamérica, intercambiamos historias y brindamos por nuestra aventura con cerveza de Alaska.

Conclusión: la Panamericana, una aventura para recordar toda la vida
Recorriendo casi 23.500 kilómetros, 14 países, 17 fronteras y viviendo innumerables momentos inolvidables. La Panamericana nos exigió de todo: paciencia, valentía, perseverancia y la voluntad de seguir probando cosas nuevas. Nuestro viaje estuvo marcado por innumerables encuentros, retos y momentos de felicidad. Fuera por donde fuera, en la Patagonia, Atacama, los Andes, la inmensidad de México o las Montañas Rocosas, cada etapa del viaje nos regaló con nuevas experiencias, nuevos amigos y nuevas historias para el recuerdo. Recorrer la Panamericana en una Harley es más que un simple viaje: es una aventura que desafía y recompensa el cuerpo, la mente y el alma. Y al final, te queda la satisfacción de haberlo conseguido. Y volveríamos a hacerlo sin dudarlo.


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